lunes, 23 de marzo de 2015

Me llamo Liliana Pusca y soy Mediadora Cultural

¿Quiéres saber más sobre la Mediación Cultural?

Me llamo Liliana Puscas, estoy  trabajando como mediadora cultural desde hace 12 años. Empecé haciendo mediación natural prácticamente desde que vine a España hace 15 años y luego colaboraré con la Casa de las Culturas y el Centro CAREI, donde actualmente sigo trabajando desde hace 10 años, con el colectivo de los Países del Este de Europa, a través de la Fundación Federico Ozanam.
He tenido  claro  siempre que quiero dedicarme  a  la rama social, y todavía recuerdo el día cuando decidí empezar  en  este campo de la mediación, cuando realicé mi primer  curso de Orientación y Mediación Intercultural, las preguntas que rondaban por mi mente al respecto:

¿Qué es realmente la Mediación? ¿Por qué es tan importante utilizarla para resolver conflictos? ¿Voy a conseguir llevar a cabo los objetivos?
Teniendo en cuenta mi experiencia me voy a centrar en  la labor del mediador intercultural.
La mediación intercultural  es una alternativa de gestión de conflictos eficaz y útil que fomenta la resolución positiva y pacífica de problemas  que pueden surgir en los diferentes ámbitos entre dos personas o grupos de personas de diferentes culturas, a través de una tercera persona imparcial que es el mediador.
La labor del mediador es complicada y muy delicada, pero útil, necesaria y apasionante. Se necesita una formación académica, pero también  una sensibilidad especial y un sentido de solidaridad muy presente, y estas cualidades las da la experiencia vital de cada persona y el grado de compromiso que adquirimos frente a las personas necesitadas.
Como  mediadora  intercultural en el ámbito educativo, mi trabajo consiste en intervenir en los centros educativos en los casos  donde hay dos culturas distintas en contacto, y a veces en conflicto. El objetivo principal es acercar a las familias al centro, promover la participación de ellas  en las actividades, intentar que se involucre en la enseñanza de sus hijos.
Cuando empecé a trabajar  recuerdo que me llamaban  cuando había desconocimiento del idioma por el medio, pero a lo largo de los años todo el equipo de mediadores hemos luchado para que se entienda que nuestro trabajo consiste no solo en  traducir, interpretar, sino que somos intérpretes de lenguas y lenguajes, verbales y no verbales.
Quiero destacar que en la mayoría de los casos, incluso cuando no hay un problema de lengua, las familias implicadas empatizan más con nosotros como mediadores, me confiesan más cosas con respecto a sus dudas y necesidades, me  hablan de forma diferente a como lo hace con el profesional de la escuela.

Por esto y por mucho más considero que es muy importante la figura del mediador dentro de cada ámbito teniendo en cuenta que el mediador intercultural es un puente entre dos culturas, un puente con un punto de partida y otro de llegada. El mediador conoce perfectamente los dos puntos, su labor es hacer el trayecto correcta y prudentemente para alcanzar el objetivo de la travesía: unir, acercar, diluir tensiones y conseguir que haya una comunicación real entre ambas partes.

Para ser un buen profesional y conseguir llevar a cabo una mediación, considero que el mediador debe estar empapado de las dos culturas, la del país de origen del inmigrante y la del país de acogida. También considero que es necesaria en la mediación intercultural una persona que conozca los giros, las expresiones hechas, los lenguajes no verbales, los gestos corporales, pues muchos de ellos son culturales y facilitan mucha información sobre el estado, la actitud o la reacción de una persona en una situación dada.

En la mayoría de las intervenciones en educación me enorgullece afirmar que la mediación es un éxito y pongo como ejemplo hablando de estadísticas, que hemos empezado con 198 demandas (hace 10 años) y llegamos hasta casi 2000 intervenciones a finales del curso escolar anterior.

No obstante debo afirmar que también he sentido frustración en algunos casos, como mediadora, ante la falta de vínculo de algunos centros educativos o familias debido a la falta de capacidad, recursos o compromisos que han  generado en este caso  menos resultados…
No obstante sigo destacando como elemento positivo dentro de las características de las familias Europa del Este, en educación, que se mantiene en general, aunque han pasado los años, las expectativas educativas medio altas tanto por parte de los alumnos, como por parte de los padres.

Con respecto al tipo de demanda ha cambiado con los años, cuando  intervenía casi siempre por acogida de familias y alumnado inmigrante, ahora es muy variada entre las cuales nombro: rendimiento académico, absentismo, inadaptación al centro, problemas de convivencia, participar en actividades dentro del centro, reuniones de padres, escuela de familias, intervención con EOEP, etc.

He vivido de muy cerca situaciones dramáticas, no tan dramáticas y otras esperanzadoras; sólo la experiencia como mediadora me enseñó a serlo, el camino lo hice andando.

Porque me es imposible contaros todas mis vivencias como mediadora intercultural, y son muchas… os voy a relatar una experiencia que tuve en un colegio  con una familia de procedencia rumana.

La directora del colegio y la tutora del grupo me llaman para intervenir en el caso de una alumna de 5º curso de Educación Primaria, que lleva poco tiempo en España, pero parece ser que necesita la valoración del EOEP el cual dictamina que la niña es de integración (término técnico de un programa  que se utilizaba antes en educación).
Tratándose del colectivo de los Países del Este, a las familias les cuesta todavía asimilar y aceptar que hay programas de apoyo escolar para un determinado tipo de alumnos/as , y que un diagnóstico del EOEP no significa que los alumnos tengan alguna discapacidad que no se pueda tratar, o que “están mal de la cabeza “(en expresión de algunos padres).
Y en este caso nos encontramos con una familia que al principio era bastante reticente a las propuestas de estos programas y la alumna también lloraba y se negaba a participar en el grupo específico fuera del grupo-clase. Es más, el padre llegó a comentarme  que si sigue la tutora con la propuesta, cambiarían a la niña de centro.
Entre todos nos ha costado al principio trabajar con la familia, con la alumna, le hicimos la acogida; le dimos la información sobre las características del programa de integración, pero en lugar de escuchar, ellos, en cuanto escuchaban la palabra “apoyo” les dolía mucho y se negaban a firmar la autorización necesaria.
 La alumna entendió antes que los papás que es por su bien participar en el programa, pero más tarde, pasados los meses, después de unas cuantas reuniones,  los padres también entendieron que los programas para los alumnos con  necesidades educativas especiales  que se hacen en el colegio son por el bien de los niños.
Al final del curso pasado, después de dos años,  en la última  reunión,  los padres no paraban de darnos las gracias y acabaron riéndose acordándose del susto que tenían al principio.  

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